Las rejas protegen y a la vez separan. Mantienen lejos al extraño. Dan sensación de seguridad a quien está dentro. Pero, en un sitio público, ¿quién está dentro y quién es el extraño? Las rejas que están colocando en la casona del parque Guillermina la están aislando de la gente. La excusa es que la casa estaba siendo vandalizada. ¿La única solución que se les ocurre es privar al público de una obra hermosa? Con ese criterio, puede ocurrir que se deban poner rejas a todas las plazas (a fin de cuentas, con el uso diario se las esta vandalizando), a todas las estatuas (ya lo hicieron con la de Borges en la plaza Urquiza), a las calesitas, a los juegos infantiles, a las peatonales, a las cortadas en el cerro, a las bicisendas, a las paredes de los edificios públicos, a cualquier cosa agradable que use la comunidad. 
¿Y si probáramos con experiencias inclusivas para estimular a la gente a erradicar la tentación vandálica y sentir las plazas, las juegos, los monumentos como parte de su casa? ¿Y si ponemos más placeros, si ponemos payasos  y promotoras a cuidar y difundir las cosas lindas? ¿Qué tal si les pedimos que repartan folletos divertidos (no solemnes y aburridos) sobre el valor de esas cosas lindas de todos?
¿Y si ponemos empleados a cuidar la casona del parque Guillermina en lugar de enrejarla? Las rejas quizás protejan; pero seguro separan y nos están dejando afuera.